LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO de Hannah Arendt.
CAPÍTULO XIII IDEOLOGIA Y TERROR DE UNA NUEVA FORMA DE GOBIERNO.
En los capítulos precedentes
hemos recalcado repetidas veces que no son solamente más drásticos los medios
de dominación total, sino que el totalitarismo difiere esencialmente de otras
formas de opresión política que nos son conocidas, como el despotismo, la
tiranía y la dictadura. Allí donde se alzó el poder desarrolló instituciones
políticas enteramente nuevas y destruyó todas las tradiciones sociales, legales
y políticas del país. Sea cual fuera la tradición específicamente nacional o la
fuente espiritual específica de su ideología, el Gobierno totalitario siempre
transformó a las clases en masas, suplantó el sistema de partidos no por la
dictadura de un partido, sino por un movimiento de masas, desplazó el centro
del poder del Ejército a la Policía y estableció una política exterior
abiertamente encaminada a la dominación mundial. Los Gobiernos totalitarios
conocidos se han desarrollado a partir de un sistema unipartidista; allí donde
estos sistemas se tornaron verdaderamente totalitarios comenzaron a operar
según un sistema de valores tan radicalmente diferente de todos los demás que
ninguna de nuestras categorías tradicionales legales, morales o utilitarias
conforme al sentido común pueden ya ayudarnos a entendernos con ellos, o a
juzgar o predecir el curso de sus acciones.
Si es cierto que pueden hallarse
elementos de totalitarismo remontándose en la Historia y analizando las
implicaciones políticas de lo que habitualmente denominamos la crisis de
nuestro siglo, entonces es inevitable la conclusión de que esta crisis no es
una simple amenaza del exterior, no simplemente el resultado de una agresiva
política exterior, bien de Alemania, o de Rusia, y que no desaparecerá con la
muerte de Stalin más de lo que desapareció con la caída de la Alemania nazi.
Puede ser incluso que los verdaderos predicamentos de nuestro tiempo asuman su
forma auténtica —aunque no necesariamente la más cruel— sólo cuando el
totalitarismo se haya convertido en algo del pasado.
Es en la línea de tales
reflexiones donde cabe suscitar la cuestión de si el Gobierno totalitario,
nacido de esta crisis y al mismo tiempo más claro y único síntoma inequívoco,
es simplemente un arreglo temporal que toma sus métodos de intimidación, sus medios
de organización y sus instrumentos de violencia del bien conocido arsenal
político de la tiranía, el despotismo y las dictaduras, y debe su existencia
sólo al fallo deplorable, pero quizás accidental, de las fuerzas políticas
tradicionales —liberal o conservadora, nacional o socialista, republicana o
monárquica, autoritaria o democrática. O si, por el contrario, existe algo tal
como la naturaleza del Gobierno totalitario, si posee su propia esencia y puede
ser comparado con otras formas de Gobierno y definido como ellas, que el
pensamiento occidental ha conocido y reconocido desde los tiempos de la
filosofía antigua. Si esto es cierto, entonces las formas enteramente nuevas y
sin precedentes de la organización totalitaria y su curso de acción deben descansar
en una de las pocas experiencias básicas que los hombres pueden tener allí
donde viven juntos y se hallan ocupados por los asuntos públicos. Si existe una
experiencia básica que halla su expresión política en la dominación
totalitaria, entonces, a la vista de la novedad de la forma totalitaria de
Gobierno, debe ser ésta una experiencia que, por la razón que fuere, nunca ha
servido anteriormente para la fundación de un cuerpo político y cuyo talante
general —aunque pueda resultar familiar en cualquier otro aspecto— nunca ha
penetrado y dirigido el tratamiento de los asuntos públicos.
Si consideramos esto en términos
de la historia de las ideas, parece extremadamente improbable. Porque las
formas de gobierno bajo las que los hombres viven han sido muy pocas; fueron
tempranamente descubiertas, clasificadas por los griegos, y han demostrado ser
extraordinariamente longevas. Si aplicamos estos descubrimientos, cuya idea
fundamental, a pesar de las muchas variaciones, no cambió en los dos mil
quinientos años que separan a Platón de Kant, sentimos inmediatamente la
tentación de interpretar el totalitarismo como una forma moderna de tiranía, es
decir, como un Gobierno ilegal en el que el poder es manejado por un solo
hombre. Poder arbitrario, irrestringido por la ley, manejado en interés del
gobernante y hostil a los intereses de los gobernados, por un lado; el temor
como principio de la acción, es decir, el temor del dominador al pueblo y el
temor del pueblo al dominador, por otro lado, han sido las características de
la tiranía a lo largo de nuestra tradición.
En lugar de decir que el Gobierno
totalitario carece de precedentes, podríamos decir también que ha explotado la
alternativa misma sobre la que se han basado en filosofía política todas las
definiciones de la esencia de los Gobiernos, es decir, la alternativa entre el
Gobierno legal y el ilegal, entre el poder arbitrario y el legítimo. Nunca se
ha puesto en tela de juicio que el Gobierno legal y el poder legítimo, por una
parte, y la ilegalidad y el poder arbitrario, por otra, se correspondían y eran
inseparables. Sin embargo, la dominación totalitaria nos enfrenta con un tipo
de Gobierno completamente diferente. Es cierto que desafía todas las leyes
positivas, incluso hasta el extremo de desafiar aquellas que él mismo ha
establecido (como en el caso de la Constitución soviética de 1936, por citar
sólo el ejemplo más sobresaliente) o de no preocuparse de abolirlas (como en el
caso de la Constitución de Weimar, que el Gobierno nazi jamás revocó). Pero no
opera sin la guía de la ley ni es arbitrario porque afirma que obedece
estrictamente a aquellas leyes de la Naturaleza o de la Historia de las que
supuestamente proceden todas las leyes positivas.
Esta es la monstruosa y sin
embargo aparentemente incontestable reivindicación de la dominación
totalitaria, que, lejos de ser «ilegal», se remonta a las fuentes de la
autoridad de las que las leyes positivas reciben su legitimación última, que,
lejos de ser arbitraria, es más obediente a esas fuerzas suprahumanas de lo que
cualquier Gobierno lo fue antes y que, lejos de manejar su poder en interés de
un solo hombre, está completamente dispuesta a sacrificar los vitales intereses
inmediatos de cualquiera a la ejecución de lo que considera ser la ley de la
Historia o la ley de la Naturaleza. Su desafío a las leyes positivas afirma ser
una forma más elevada de legitimidad, dado que, inspirada por las mismas
fuentes, puede dejar a un lado esa insignificante legalidad. La ilegalidad
totalitaria pretende haber hallado un camino para establecer la justicia en la
Tierra —algo que reconocidamente jamás podría alcanzar la legalidad de la ley
positiva. La discrepancia entre la legalidad y la justicia jamás puede ser salvada,
porque las normas de lo justo y lo injusto en las que la ley positiva traduce
su propia fuente de autoridad —«ley natural» que gobierna a todo el Universo o
ley divina revelada en la historia humana, o costumbres y tradiciones que
expresan la ley común a los sentimientos de todos los hombres— son
necesariamente generales y deben ser válidas para un incontable e imprevisible
número de casos, de forma tal que cada caso individual concreto con su
irrepetible grupo de circunstancias se escapa a esas normas de alguna manera.
La ilegalidad totalitaria,
desafiando la legitimidad y pretendiendo establecer el reinado directo de la
justicia en la Tierra, ejecuta la ley de la Historia o de la Naturaleza sin
traducirla en normas de lo justo y lo injusto para el comportamiento individual.
Aplica directamente la ley a la Humanidad sin preocuparse del comportamiento de
los hombres. Se esperó que la ley de la Naturaleza o la ley de la Historia, si
son adecuadamente ejecutadas, produzcan a la Humanidad como su producto final;
y esta esperanza alienta tras la reivindicación de dominación global por parte
de todos los Gobiernos totalitarios. La política totalitaria afirma transformar
a la especie humana en una portadora activa e infalible de una ley, a la que de
otra manera los seres humanos sólo estarían sometidos pasivamente y de mala
gana. Si es cierto que el lazo entre los países totalitarios y el mundo
civilizado quedó roto a través de los monstruosos crímenes de los regímenes
totalitarios, también es cierto que esta criminalidad no fue debida a la simple
agresividad, a la insensibilidad, a la guerra y a la traición, sino a una
consciente ruptura de ese consensus iuris que, según Cicerón, constituye a un
«pueblo» y que, como ley internacional, ha constituido en los tiempos modernos
al mundo civilizado en tanto que siga siendo piedra fundamental de las
relaciones internacionales incluso bajo las condiciones bélicas. Tanto el
juicio moral como el castigo legal presuponen este asentimiento básico; el
criminal puede ser juzgado justamente sólo porque participa en el consensus
iuris, e incluso la ley revelada por Dios puede funcionar en los hombres sólo
cuando la escuchan y la aceptan.
En este punto surge a la luz la
diferencia fundamental entre el concepto totalitario de la ley y todos los
otros conceptos. La política totalitaria no reemplaza a un grupo de leyes por
otro, no establece su propio consensus iuris, no crea, mediante una revolución,
una nueva forma de legalidad. Su desafío a todo, incluso a sus propias leyes
positivas, implica que cree que puede imponerse sin ningún consensus iuris y
que, sin embargo, no se resigna al estado tiránico de ilegalidad, arbitrariedad
y temor. Puede imponerse sin el consensus iuris, porque promete liberar a la
realización de la ley de toda acción y voluntad humana; y promete la justicia
en la Tierra porque promete hacer de la Humanidad misma la encarnación de la
ley.
Esta identificación del hombre y
de la ley, que parece cancelar la discrepancia entre la legalidad y la justicia
que ha asediado al pensamiento legal desde los tiempos antiguos, no tiene nada
en común con el lumen naturale o la voz de la conciencia, por las que se supone
que la Naturaleza o la Divinidad, como fuentes de autoridad para el ius
naturale o los mandamientos de Dios históricamente revelados, anuncian su
autoridad al mismo hombre. Todo esto jamás hizo del hombre encarnación
ambulante de la ley, sino que, al contrario, siguió diferenciándose de él como la
autoridad que exigía asentimiento y obediencia. La Naturaleza o la Divinidad,
como fuentes de autoridad para las leyes positivas, eran consideradas
permanentes y eternas; las leyes positivas eran cambiantes y cambiables según
las circunstancias, pero poseían una relativa permanencia en comparación con
las acciones humanas mucho más rápidamente cambiantes; y derivaban esta permanencia
de la eterna presencia de su fuente de autoridad. Por eso, las leyes positivas
son primariamente concebidas para funcionar como factores estabilizadores de
los cambiantes movimientos de los hombres.
En la interpretación del
totalitarismo, todas las leyes se convierten en leyes de movimiento. Cuando los
nazis hablaban sobre la ley de la Naturaleza o cuando los bolcheviques hablan
sobre la ley de la Historia, ni la Naturaleza ni la Historia son ya la fuente
estabilizadora de la autoridad para las acciones de los hombres mortales; son
movimientos en sí mismas. Subyacente a la creencia de los nazis en las leyes
raciales como expresión de la ley de la Naturaleza en el hombre, se halla la idea
darwiniana del hombre como producto de una evolución natural que no se detiene necesariamente
en la especie actual de seres humanos, de la misma manera que la creencia de
los bolcheviques en la lucha de clases como expresión de la ley de la Historia
se basa en la noción marxista de la sociedad como producto de un gigantesco
movimiento histórico que corre según su propia ley de desplazamiento hasta el
fin de los tiempos históricos, cuando llegará a abolirse por sí mismo.
La diferencia entre el enfoque
histórico de Marx y el enfoque naturalista de Darwin ha sido frecuentemente
señalada, usual y certeramente, en favor de Marx. Esto nos ha llevado a olvidar
el gran interés positivo que tuvo Marx por las teorías de Darwin; Engels no
pudo concebir mejor elogio para los logros investigadores de Marx que el de
llamarle el «Darwin de la Historia» . Si se consideran, no los auténticos
logros, sino las filosofías básicas de ambos hombres, resulta que, en definitiva,
el movimiento de la Naturaleza y el movimiento de la Historia son uno y el
mismo. La introducción de Darwin al concepto de la evolución en la Naturaleza,
su insistencia en que, al menos en el campo de la Biología, el movimiento
natural no es circular, sino unilineal, desplazándose en una dirección
indefinidamente progresiva, significa en realidad que la Naturaleza, como si
dijéramos, está siendo arrastrada en la Historia, que a la vida natural se la
considera histórica. La ley «natural» de la supervivencia de los más aptos es,
pues, una ley histórica, y tanto puede ser utilizada por el racismo como por la
ley marxista de las clases más progresivas. La lucha de clases de Marx, por
otra parte, como fuerza impulsora de la Historia es sólo la expresión exterior de
la evolución de las fuerzas productivas, que a su vez tienen su origen en el
«poder de trabajo» de los hombres. El trabajo, según Marx, no es una fuerza
histórica, sino una fuerza natural — biológica— liberada a través del
«metabolismo del hombre con la Naturaleza», por la que conserva su vida
individual y reproduce la especie. Engels advirtió muy claramente la afinidad
entre las concepciones básicas de los dos hombres, porque comprendió el papel
decisivo que desempeñaba en ambas teorías el concepto de la evolución. El
tremendo cambio intelectual que tuvo lugar a mediados del siglo pasado
consistió en la negativa a ver o a aceptar nada «como es» y en la consecuente
interpretación de todo como base de una evolución ulterior. Es relativamente secundario
el que la fuerza impulsora de esta evolución pueda denominarse Naturaleza o
Historia.
En estas ideologías, el término
mismo de «ley» cambia de significado: de expresar el marco de estabilidad
dentro del cual pueden tener lugar las acciones y los movimientos humanos, se
convierte en expresión del movimiento mismo. Las políticas totalitarias que
procedieron a seguir las recetas de las ideologías han desenmascarado la
verdadera naturaleza de estos movimientos en cuanto han mostrado claramente que
no podía existir final para este proceso. Si la ley de la Naturaleza consiste
en eliminar a todo lo que resulta perjudicial y es incapaz de vivir, sería el
mismo final de la Naturaleza el hecho de que no pudieran hallarse nuevas
categorías de elementos perjudiciales e incapaces de vivir. Si es ley de la
Historia el que en la lucha de clases «desaparezcan» ciertas clases,
significaría el final de la historia humana el hecho de que no se formaran
nuevas clases rudimentarias que a su vez pudieran «desaparecer» a manos de los
dominadores totalitarios. En otras palabras, la ley de matar, por la que los
movimientos totalitarios se apoderan y ejercen el poder, seguiría siendo ley
del movimiento aunque lograran someter a su dominación a toda la Humanidad.
Por Gobierno legal entendemos un
cuerpo político en el que se necesitan leyes positivas para traducir y realizar
el inmutable ius naturale o los mandamientos eternos de Dios en normas de lo justo
y lo injusto. Sólo en estas normas, en el cuerpo de leyes positivas de cada
país, pueden lograr su realidad política el ius naturale o los mandamientos de
Dios. En el cuerpo político del Gobierno totalitario este lugar de las leyes
positivas queda ocupado por el terror total, que es concebido para traducir a
la realidad la ley del movimiento de la Historia o de la Naturaleza. De la
misma manera que las leyes positivas, aunque definen transgresiones, son
independientes de ellas —la ausencia de delitos en cualquier sociedad no torna
superfluas a las leyes, sino que, al contrario, significa su más perfecta
dominación—, así el terror en el Gobierno totalitario ha dejado de ser un
simple medio para la supresión de la oposición, aunque es también utilizado
para semejantes fines. El terror se convierte en total cuando se torna
independiente de toda oposición; domina de forma suprema cuando ya nadie se
alza en su camino. Si la legalidad es la esencia del Gobierno no tiránico y la ilegalidad
es la esencia de la tiranía, entonces el terror es la esencia de la dominación
totalitaria. El terror es la realización de la ley del movimiento; su objetivo
principal es hacer posible que la fuerza de la Naturaleza o la Historia corra
libremente a través de la Humanidad sin tropezar con ninguna acción espontánea.
Como tal, el terror trata de «estabilizar» a los hombres para liberar a las fuerzas
de la Naturaleza o de la Historia. Es este movimiento el que singulariza a los
enemigos de la Humanidad contra los cuales se permite desencadenarse al terror,
y no puede permitirse que ninguna acción u oposición libres puedan obstaculizar
la eliminación del «enemigo objetivo» de la Historia o de la Naturaleza, de la
clase o de la raza. La culpa y la inocencia se convierten en nociones sin
sentido; «culpable» es quien se alza en el camino del proceso natural o
histórico que ha formulado ya un juicio sobre las «razas inferiores», sobre los
«individuos incapaces de vivir», sobre las «clases moribundas y los pueblos
decadentes». El terror ejecuta estos juicios, y ante su tribunal todos los
implicados son subjetivamente inocentes; los asesinados, porque ellos nada
hicieron
contra el sistema, y los
asesinos, porque realmente no asesinan, sino ejecutan una sentencia de muerte
pronunciada por algún tribunal superior. Los mismos dominadores no afirman ser
justos o sabios, sino sólo que ejecutan un movimiento conforme a su ley
inherente. El terror es legalidad si la ley es la ley del movimiento de alguna
fuerza supranatural, la Naturaleza o la Historia.
El terror, como ejecución de una
ley de un movimiento cuyo objetivoúltimo no es el bienestar de los hombres o el
interés de un solo hombre, sino la fabricación de la Humanidad, elimina a los individuos
en favor de la especie, sacrifica a las «partes» en favor del «todo». La fuerza
supranatural de la Naturaleza o de la Historia tiene su propio comienzo y su
propio final, de forma tal que sólo puede ser obstaculizada por el nuevo
comienzo y el final individual que suponen realmente la vida de cada individuo.
En el Gobierno constitucional las leyes positivas están concebidas para erigir
fronteras y establecer canales de comunicación entre hombres cuya comunidad
resulta constantemente amenazada por los nuevos hombres que nacen dentro de
ella. Con cada nuevo nacimiento nace un nuevo comienzo, surge a la existencia
potencialmente un nuevo mundo. La estabilidad de las leyes corresponde al
constante movimiento de todos los asuntos humanos, un movimiento que nunca puede
tener final mientras que los hombres nazcan y mueran. Las leyes cercan a cada
nuevo comienzo y al mismo tiempo aseguran su libertad de movimientos, la
potencialidad de algo enteramente nuevo e imprevisible; las fronteras de las
leyes positivas son para la existencia política del hombre lo que la memoria es
para su existencia histórica: garantizan la preexistencia de un mundo común, la
realidad de una continuidad que trasciende al espacio de vida individual de
cada generación, absorbe todos los nuevos orígenes y se nutre de ellos.
El terror total es tan fácilmente
confundido como síntoma de un Gobierno tiránico porque el Gobierno totalitario,
en sus fases iniciales, debe comportarse como una tiranía y arrasar las
fronteras alzadas por la ley hecha por el hombre. Pero el terror total no deja
tras de sí una arbitraria ilegalidad y no destuye en beneficio de alguna
voluntad arbitraria o del poder despótico de un hombre contra todos y menos aún
en provecho de una guerra de todos contra todos. Reemplaza a las fronteras y
los canales de comunicación entre individuos con un anillo de hierro que los
mantiene tan estrechamente unidos como si su pluralidad se hubiese fundido en
Un Hombre de dimensiones gigantescas. Abolir las barreras de las leyes entre
los hombres —como hace la tiranía— significa arrebatar el libre albedrío y
destruir la libertad como una realidad política viva; porque el espacio entre
los hombres, tal como se halla delimitado por las leyes, es el espacio vivo de
la libertad. El terror total utiliza este antiguo instrumento de la tiranía,
pero destruye también al mismo tiempo ese desierto de ilegalidad e ilimitado
del miedo y la sospecha que deja tras de sí la tiranía. Este desierto, en
realidad, no es un espacio vivo de libertad, pero todavía proporciona algún
espacio para los movimientos inducidos por el miedo y las acciones penetradas
de sospechas de sus habitantes. Presionando a los hombres unos contra otros, el
terror total destruye el espacio entre ellos; en comparación con las
condiciones existentes dentro de su anillo de hierro, incluso el desierto de la
tiranía parece como una garantía de libertad en cuanto que todavía supone algún
tipo de espacio. El Gobierno totalitario no restringe simplemente el libre
albedrío y arrebata las libertades; tampoco ha logrado, al menos por lo que
sabemos, arrancar de los corazones de los hombres el amor por la libertad.
Destruye el único prerrequisito esencial de todas las libertades, que es
simplemente la capacidad de movimiento, que no puede existir sin espacio.
El terror total, la esencia del
Gobierno totalitario, no existe ni a favor ni en contra de lo hombres. Se
supone que proporciona a las fuerzas de la Naturaleza o de la Historia un
instrumento incomparable para acelerar su movimiento. Este movimiento, actuando
según su propia ley, no puede a la larga ser obstaculizado; eventualmente, su
fuerza siempre demostrará ser más poderosa que las más potentes fuerzas
engendradas por las acciones y la voluntad de los hombres. Pero puede ser
retrasada y es casi inevitablemente retrasada por la libertad del hombre, que
ni siquiera pueden negar los gobernantes totalitarios, porque esta libertad
—por irrelevante y arbitraria que puedan juzgarla— se identifica con el hecho
de que los hombres hayan nacido y que por eso cada uno de ellos es un nuevo
comienzo, comienza de nuevo, en un sentido, el mundo. Desde el punto de vista totalitario,
el hecho de que los hombres nazcan y mueran sólo puede ser considerado como una
molesta interferencia en fuerzas más elevadas. Por eso, el terror, como siervo
obediente del movimiento histórico o natural, tiene que eliminar del proceso no
sólo la libertad en cualquier sentido específico, sino la misma fuente de la
libertad que procede del hecho del nacimiento del hombre y reside en su
capacidad de lograr un nuevo comienzo. En el anillo férreo del terror, que destruye
la pluralidad de los hombres y hace de ellos El único que actuará
infaliblemente como si él mismo fuese parte del curso de la Historia o del de
la Naturaleza, se ha hallado un recurso no sólo para liberar las fuerzas
históricas y naturales, sino para acelerarlas hasta una velocidad que jamás alcanzarían
por sí mismas. Prácticamente hablando, esto significa que el terror ejecuta en
el acto las sentencias de muerte que se supone ha pronunciado la Naturaleza
sobre razas o individuos que son «incapaces de vivir», o la Historia sobre las
«clases moribundas», sin aguardar al proceso más lento y menos eficiente de la
Naturaleza o de la Historia mismas.
En este concepto, donde la
esencia del mismo Gobierno se ha tornado movimiento, un antiguo problema del
pensamiento político parece haber hallado una solución semejante a la ya
señalada para la discrepancia entre la legalidad y la justicia. Si se define
como legalidad a la esencia del Gobierno y si se entiende que las leyes son las
fuerzas estabilizadoras en los asuntos públicos de los hombres (como, desde
luego, ha sido siempre desde que Platón invocaba a Zeus, el dios de las fronteras,
en sus leyes), entonces surge el problema del cuerpo político y las acciones de
sus ciudadanos. La legalidad impone limitaciones a las acciones, pero no las
inspira; la grandeza, pero también la perplejidad de las leyes en las
sociedades libres estriba en que dicen lo que uno no debe hacer, pero no lo que
debe hacer. El movimiento necesario de un cuerpo político nunca puede ser hallado
en su esencia, aunque sólo sea porque esta esencia —de nuevo desde Platón— ha
sido definida con una visión de su permanencia. La duración parecía ser una de
las más seguras medidas de la bondad de un Gobierno. Sigue siendo todavía para
Montesquieu la prueba suprema de la maldad de la tiranía el hecho de que sólo
las tiranías puedan ser destruidas desde dentro, que declinen por sí mismas,
mientras que todos los demás Gobiernos son destruidos a través de circunstancias
exteriores. Por eso, lo que la definición de un Gobierno siempre necesitaba era
lo que Montesquieu denomina un «principio de acción» que, diferente en cada
forma de gobierno, inspiraría al Gobierno y a los ciudadanos en su actividad
pública y serviría como un criterio, más allá de la medida simplemente negativa
de la legalidad, para juzgar toda acción en los asuntos públicos. Tales
principios y criterios orientadores de la acción son, según Montesquieu, el
honor en la monarquía, la virtud en una república y el temor en una tiranía. En
un perfecto Gobierno totalitario, donde todos los hombres se han convertido en
Un Hombre, donde toda acción apunta a la aceleración del movimiento de la
Naturaleza o de la Historia, donde cada acto singular es la ejecución de una
sentencia de muerte que la Naturaleza o la Historia ya han decretado, es decir,
bajo condiciones donde cabe apoyarse completamente en el terror para mantener
al movimiento en marcha constante, no se precisaría en absoluto ningún
principio de acción separado de su esencia. Sin embargo, mientras que la
dominación totalitaria no haya conquistado la Tierra y convertido con su férreo
anillo del terror a cada hombre individual en una parte de la Humanidad, el
terror en su doble función como esencia del Gobierno y como principio, no de acción,
sino de movimiento, no puede ser completamente realizado. De la misma manera
que la legalidad en el Gobierno constitucional es insuficiente para inspirar y
guiar las acciones de los hombres, así el terror en el Gobierno totalitario no
es suficiente para inspirar y guiar el comportamiento humano.
Mientras que bajo las condiciones
presentes la dominación totalitaria todavía comparta con otras formas de
gobierno la necesidad de una guía para el comportamiento de sus ciudadanos en
los asuntos públicos, no necesita e incluso no podría utilizar un principio de
acción estrictamente hablando, dado que eliminará precisamente la capacidad de
los hombres para actuar. Bajo las condiciones del terror total ni siquiera el
temor puede ser ya necesitado como indicador de la forma de comportarse, porque
el terror escoge sus víctimas sin referencia a acciones o pensamientos individuales,
exclusivamente de acuerdo con la necesidad objetiva de los procesos naturales o
históricos. Bajo las condiciones totalitarias, el temor se halla probablemente
más difundido que antes; pero el temor ha perdido su utilidad práctica cuando
las acciones guiadas por él no pueden ya contribuir a evitar los peligros que
el hombre teme. Lo mismo cabe decir respecto de la simpatía o del apoyo al
régimen, porque el terror total no sólo selecciona a sus víctimas según normas objetivas;
escoge a ejecutores con tan completo desdén como sea posible por las
convicciones y simpatías del candidato. La eliminación consistente de la
convicción como motivo para la acción se convirtió en cosa corriente desde las
grandes purgas en la Unión Soviética y en los países satélites.
El propósito de la educación
totalitaria nunca ha sido infundir convicciones, sino destruir la capacidad
para formar alguna. La introducción de los criterios puramente objetivos en el
sistema selectivo de las unidades de las SS fue la gran invención organizadora
de Himmler; seleccionaba a los candidatos por fotografías, según criterios
puramente raciales. La misma Naturaleza era la que decidía no sólo quién tenía
que ser eliminado, sino también quién tenía que ser preparado como ejecutor.
Ningún principio orientador del
comportamiento, tomado del terreno de la acción humana, tal como la virtud, el
honor, el miedo, es necesario o puede ser útil para poner en marcha un cuerpo político
que ya no utiliza el terror como medio de intimidación, sino cuya esencia es el
terror. En su lugar ha introducido en los asuntos públicos un principio
enteramente nuevo que hace caso omiso de la voluntad humana para la acción y
atrae a la ansiosa necesidad de alguna percepción de la ley del movimiento
según la cual funciona el terror y de la cual, por eso, dependen todos los
destinos privados.
Los habitantes de un país
totalitario son arrojados y se ven cogidos en el proceso de la Naturaleza o de
la Historia con objeto de acelerar su movimiento; como tales, sólo pueden ser ejecutores
o víctimas de su ley inherente. El proceso puede decidir que los que hoy
eliminan a razas o a individuos, o a los miembros de las clases moribundas y de
los pueblos decadentes, serán mañana los que deben ser sacrificados. Lo que la
dominación totalitaria necesita para guiar el comportamiento de sus súbditos es
una preparación que les haga igualmente aptos para el papel de ejecutor como
para el papel de víctima. Esta doble preparación, sustitutivo de un principio
de acción, es la ideología.
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